Hablemos del inconsciente, aún...
TEXTOS DE ORIENTACIÓN

Los confines de la caridad freudiana

Leonardo Gorostiza
Leonardo Gorostiza

La resonancia de un nombre

La semana pasada, aún en Buenos Aires, minutos antes de comenzar a escribir esta intervención, volvía a leer el itinerario de vuelos que me traerían hasta aquí. Se me hizo entonces presente que el avión en el que iba a viajar habría de aterrizar - tal como ocurrió ayer por la noche- en el aeropuerto de Belo Horizonte, es decir, en el Aeropuerto Internacional Tancredo Neves. Pero como se trata de un aeropuerto que tiene varios nombres, también se me hizo presente que al mismo tiempo estaría aterrizando en otro aeropuerto, en el Aeropuerto de Confins, es decir -en español- el Aeropuerto de los “Confines”.

Así, pensé que lo mejor sería incluir en el título de esta breve intervención, en lugar de la palabra “límites”, la palabra “confines”.

Dicho de otro modo, se me hizo claro –por la resonancia que me suscitó el nombre del aeropuerto- que durante este Congreso habremos de trabajar no sólo en torno a los límites de lo simbólico -en el sentido negativo de una “limitación” de lo simbólico y de la declinación del viejo orden simbólico-, sino que también habremos de hacerlo en torno a la pregunta de hasta dónde es posible operar con lo simbólico en la práctica analítica, es decir, hasta donde pueden llegar los poderes de la palabra y del significante –cuáles son sus “confines”-, en su relación con lo real. Ocurre que en castellano –no sé si es lo mismo en la lengua portuguesa- la palabra “confines”, no obstante ser un sinónimo de “límites”, evoca al mismo tiempo algo así como el punto más alejado, el punto más extremo, al cual se puede llegar. Mientras que el término “límite” tiende a deslizarse semánticamente hacia la idea de una separación neta, nítida, entre dos territorios.

De allí entonces el título que hoy les propongo: “Los confines de la caridad freudiana”. Título donde la fórmula “la caridad freudiana” es lo que viene al lugar de “lo simbólico”. Así, en lugar de “Los límites de los simbólico”, voy a hablar de “Los confines de la caridad freudiana”.

 

La caridad freudiana

Creo que muchos de ustedes deben recordar esta fórmula de Lacan acuñada en su Seminario 20. Se encuentra en la lección del 20 de marzo de 1973, donde, en el contexto de interrogar qué es el saber, señalaba lo siguiente:

“¿Acaso no es caridad, en Freud, el haber permitido a la miseria de los seres que hablan decirse que existe –ya que hay inconsciente- algo que trasciende de veras, y que no es otra cosa sino lo que esta especie habita, a saber, el lenguaje? Sí, -afirma enfáticamente Lacan- ¿acaso no es caridad anunciarle la nueva de que en todo cuanto es su vida cotidiana encuentra en el lenguaje un soporte de más razón de lo que podría creerse, y que ya hay ahí sabiduría, ese objeto inalcanzable de una búsqueda vana?”[1]

Tomar este sesgo, que implica destacar –como lo hace Lacan- que la invención del inconsciente freudiano, el inconsciente que está estructurado como un lenguaje, es decir, el inconsciente semblante, ha sido un acto de caridad con la especie, es algo que se me impuso cuando, escuchando una conferencia que nuestro colega de la ELP, Oscar ventura, brindó en la EOL la semana pasada en la perspectiva de nuestro próximo Congreso de la AMP sobre El orden simbólico en el siglo XXI…, me dije:

Si Freud mismo afirmó que el psicoanálisis no habría visto la luz de no ser por la declinación de las religiones, ¿por qué no pensar que la invención del inconsciente freudiano ha sido algo así como la invención de un nuevo orden simbólico ante la vacilación del orden simbólico preexistente? ¿Y cómo no ver, en el hecho de que Lacan haya reiterado en varias oportunidades que su proyecto consistía en abordar “el proyecto freudiano al revés”, que para él precisamente se trataba de cuestionar los límites del proyecto freudiano en lo que este tuvo de acto de caridad con la especie?

Que Lacan haya hecho equivaler el discurso del amo tradicional al discurso del inconsciente freudiano, es prueba de ello y nos pone sobre la perspectiva de que el discurso analítico –abierto por Freud, pero solo escrito como tal por Lacan- puede constituir el operador de un nuevo “ordenamiento” –lo digo en el sentido en que los términos del discurso se “ordenan” de una determinada manera y secuencia-, un nuevo orden que no tenga una relación de desconocimiento con lo real.

Esto presupone, que el discurso analítico, el psicoanálisis, efectivamente puede operar, es decir, tener efectos. Y que toda la cuestión es cómo verificar que esos efectos tienen alcance sobre lo real. Lo cual introduce una pregunta. La pregunta acerca de qué manera, por qué medios, es que el psicoanálisis opera.

Es desde esta perspectiva, retomando lo que dije en el último Congreso de la NLS en Londres hace exactamente un mes, que hoy quiero interrogar con ustedes los límites de lo simbólico en la experiencia analítica, hoy. “Límites”, cuyo plural indica que al menos se trata de dos límites:

  1. Primero, el límite del significante ante lo real, es decir, ante la imposible escritura de la relación sexual.
  2. Segundo, el límite del significante ante el goce opaco del sinthome que, estrictamente hablando, no se confunde con lo real en tanto tal.

Así, esta perspectiva –la de cómo opera el psicoanálisis en los confines de lo simbólico- nos lleva hacia la interrogación por aquello que es el operador central en la práctica analítica, es decir, la pregunta por el deseo del psicoanalista. El Seminario 11 -ustedes lo saben- aborda esta interrogación de manera decidida: “¿Cuál es el deseo del analista? ¿Qué ha de ser el deseo del analista para que opere de manera correcta?”[2], se pregunta una y otra vez Lacan.

Ahora bien, dicho esto, ¿acaso deberíamos concluir que no es posible dar cuenta de los modos en que el psicoanálisis opera y que debemos siempre reconducirlo al deseo del analista como operador central? De ninguna manera.

En esta oportunidad, lo que intentaré transmitirles será otro ángulo. Un ángulo muy preciso que es lo que de algún modo está resumido en el título que propuse para la intervención que hice en el Congreso de la NLS y que era el siguiente: “El goce y sus meteoros”.

 

El goce y sus meteoros

Cuando le hice llegar a Anne Lysy, actual Presidenta de la NLS, este título, ella me respondió diciéndome que era un título “evocador”. ¿”Evocador” de qué?, me pregunté. Pensé entonces que se refería a que evoca el título de la última lección del Seminario 3, titulada “El falo y el meteoro”, donde Lacan, de alguna manera, anticipa la que sería luego su noción de semblante.

Ustedes saben que los meteoros son fenómenos físicos de agua, viento, polvo, eléctricos –como el trueno- o bien luminosos, por ejemplo, como el arco iris. Y el rasgo que los caracteriza es lo que Lacan destaca en la última lección del Seminario 3: que detrás de un meteoro, nada se oculta.[3] O bien, que se oculta “nada”.

En este sentido, y aunque el título que entonces propuse pueda evocar el de esa lección, debemos situar una diferencia fundamental. Que no se trata ahora de dos elementos yuxtapuestos que corresponden a un mismo registro, ambos en el registro del semblante, el falo y el meteoro, sino de dos registros diversos: el goce, que es una referencia al cuerpo real, y los meteoros, en plural, que son sí del orden del semblante.

De este modo, creo se vislumbra a donde apunto. A interrogar aquello que alguna vez Jacques-Alain Miller llamó “el problema de Lacan”[4] y que es el núcleo mismo de la pregunta acerca de cómo opera el psicoanálisis.

Porque “el problema de Lacan” -que sigue siendo nuestro problema- consiste en elucidar cómo con la palabra, con el lenguaje, con el sentido, es posible intervenir sobre lo real de un cuerpo, es decir, sobre el goce. Dicho de otro modo, de qué modo la operación analítica es capaz, por medio de los semblantes, de los “meteoros” de la palabra, tener un efecto real. En cierto modo, este es el corazón de lo que habremos de trabajar en este Congreso de la EBP.

Y para avanzar en este sentido, voy a partir de unas indicaciones de Lacan presentes en su Seminario 20,Aún que me parecen cruciales para interrogar cómo es que el psicoanálisis opera para alcanzar los confines de lo simbólico.

 

El núcleo elaborable del goce

Allí, Lacan dice que en el análisis no nos las vemos más que con el amor, y que “no es por otra vía por donde opera”. Se trata entonces de la transferencia en cuanto no distinguible del amor y cuyo fundamento -Lacan lo recuerda- él mismo despejó mediante la fórmula del sujeto supuesto saber.[5]

Como seguramente muchos de ustedes deben recordar, durante el Congreso de la EBP en Florianópolis, hace dos años atrás, destaqué algo sobre lo cual Miller ha insistido: que el sujeto supuesto saber es, como el arco iris, del orden del semblante, es decir, un meteoro –si puedo decirlo así- producido por y en la experiencia analítica. Pero además que para que este operador sea eficaz es necesario que otro semblante, otro meteoro, sea emplazado en transferencia ya que constituye su resorte fundamental. Me refiero, por supuesto, al objeto a. Objeto a que Jacques-Alain Miller llamó “el arco iris del goce”.[6] Este fue precisamente el título de mi intervención en Florianópolis.

Dejo esto ahora en suspenso para retomar lo que Lacan indica en su Seminario 20. Un poco más adelante él vuelve a hablar del amor.

“El amor mismo –señala- (…) se dirige al semblante (…), al semblante de ser.” Es decir, se dirige a un ser que no es allí nada y que no está sino “supuesto a ese objeto que es el a.”[7i]

Y es precisamente en este contexto donde introduce esta fórmula que entiendo es una guía fundamental para concebir cómo el psicoanálisis opera al orientarse hacia los confines de lo simbólico. Dice así: “…el goce sólo se interpela, se evoca, se acosa o elabora, a partir de un semblante.”[8]

Podemos preguntarnos entonces a partir de qué semblante privilegiado es que el goce se elabora. La respuesta viene rápida: a partir del objeto a en tanto semblante, es decir, en tanto semblante de ser.

Haciendo una suerte de cortocircuito, e inspirado en las últimas sesiones del curso de Jacques-Alain Miller, podría decir que la condición de la operación analítica es que algo del goce del síntoma, que es del orden de la existencia, es decir, que existe, debe trasladarse al objeto a como semblante, que es del orden del ser. Dicho de otro modo, que algo del goce opaco del síntoma, goce opaco al sentido, debe emplazarse en transferencia vía el objeto a, volviéndose así, goce transparente al sentido. Es así como entiendo lo que pocos años más tarde, en 1974, Lacan diría en su texto titulado “La tercera”: “… solamente por medio del psicoanálisis este objeto (el objeto a) constituye el núcleo elaborable del goce…”[9] Para luego agregar que “…todo goce está conectado con este lugar del plus de gozar…”[10], que es precisamente el lugar del objeto a.

Tenemos entonces, dos meteoros, dos semblantes operatorios de la experiencia analítica que deben articularse pero que no se confunden: el objeto a y el sujeto supuesto saber. Dos operadores que podemos llamar los meteoros del goce, en el doble sentido del genitivo. En el sentido de que es con esos meteoros que el goce puede interpelarse, elaborarse, pero también en el sentido de que ambos surgen del goce mismo del parlêtre. Es lo que Lacan demostró –tal como lo subrayé en Florianópolis- en su escrito Televisión: de qué manera del parpadeo de Beatrice –la Beatrice del Dante- y del resto que de ello resulta, surge el Otro del amor, es decir, cómo de la repetición pulsional donde el sujeto es siempre feliz, cómo es posible que de ese goce, emerja el Otro del amor[11], que emerja, podríamos decir, el arco iris del inconsciente transferencial.

Dos semblantes operatorios entonces, pero donde es imprescindible que uno de ellos esté en funciones, el objeto a, para que el otro, el sujeto supuesto saber, sea efectivo. En cierto modo, esta antecedencia lógica en la transferencia es algo que Lacan ya señalaba en el Seminario 11 cuando, al tiempo que introducía con trompetas la noción de sujeto supuesto saber, no dejaba de indicar que la transferencia se inicia, despunta, en el tiempo lógico de la separación como puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente. Es decir, precisamente en el momento en que el sujeto se conecta con el deseo del Otro, cediendo el objeto a. Solo habiéndose operado este paso es que la transferencia en su vertiente “alienación”, es decir, como sujeto supuesto saber, podrá emplazarse como conviene. Y para que esto ocurra, puede ser necesaria la intervención del analista. Necesaria aunque contingente.

 

Las formas del objeto

En las vueltas de un análisis se trata siempre de despejar las diversas formas del objeto, las diversas “substancias episódicas” como las llama Lacan, en torno a las cuales la pulsión hace su recorrido. En dichas vueltas la elucidación del objeto escópico cumple un papel privilegiado por cuanto es aquél donde el escenario del fantasma encuentra su soporte fundamental ya que en dicho objeto el punto de angustia y de deseo coinciden. Formidable defensa frente a la angustia que habría que atravesar.

Pero antes de concluir este punto no quiero dejar de hacer las siguientes precisiones.

Primero, que no hay que confundir el ojo con el objeto a en tanto mirada, ni cada una de esas sustancias episódicas, con el objeto a -si puedo decirlo así- en tanto tal. Porque el objeto mirada, no es el ojo, aunque éste le preste su soporte imaginario. El objeto mirada es, por ejemplo, el hueco de la hendidura donde el ojo calza. Así como el objeto oral no es el pecho sino el orificio de la boca y el anal no son las heces sino también el orificio en torno al cual el esfínter se contrae. Es decir que el estatuto del objeto a en tanto tal, aunque es del orden del semblante, es más bien el de un vacío en torno al cual la pulsión hace su recorrido y, en ese recorrido, “se goza”.

Segundo, quiero destacar que estos meteoros del goce que son las diversas formas del objeto a, no es sino lo que surge cuando el objeto a en tanto tal[12], el objeto del cual no hay ninguna idea, es decir que no tiene forma –son palabras de Lacan-, “se rompe en fragmentos”. Y estos fragmentos sí son identificables corporalmente, es decir, pueden ser identificados, pueden ser nombrados. Es así que el objeto puede advenir como el núcleo elaborable del goce en el análisis.[13]

En este sentido, y si bien se trata también de un semblante, podemos decir que el objeto a, aunque no se confunde con lo real, no es un semblante como los demás. Es un semblante privilegiado de la operación analítica, condición de posibilidad para acceder luego a los confines de lo simbólico.

 

El analista de la clínica del sinthome

Como recordé en Florianópolis, en la conferencia donde Jacques-Alain Miller introdujo la fórmula “el arco iris del goce”, él ya se preguntaba acerca de cómo sería una experiencia analítica que no hiciera del objeto a su última palabra sino tan solo un arco iris.[14] En otros términos, ¿qué sería una experiencia analítica que no hiciera del arco iris del goce su última palabra y apuntara más allá de los confines de lo simbólico?

Sería hacer del goce opaco del sinthome no la “última palabra” de la experiencia analítica sino un punto fijo de orientación hecho a partir de aquello que la palabra, el semblante, jamás podrá nombrar pero sí indicar. Y al hacerlo -ya que en la clínica del sinthome podemos afirmar que no hay, en sentido estricto, “la última palabra” por cuanto se prosigue permanentemente la conversación con lo real- una palabra sí puede volverse la palabra del fin (la fin mot)[15], que no es lo mismo que la última palabra. La palabra del fin es la que tiene la función de indicar lo absoluto de un goce singularísimo fuera de sentido[16], y que es lo que Lacan en Aún llamael “S1, el significante del goce”.[17] Se trata de aquél semblante que designa –retomando la fórmula de Lacan en el Seminario 11- la “diferencia absoluta”. “Absoluta” a entender como la diferencia de un significante que ya no es relativo a otro significante y que, por lo tanto, no cumple la función de representación, sino la función de indicar el goce singularísimo donde se sitúa ese resto incurable llamado sinthome.

De este modo, el analista de la clínica del sinthome es aquel que puede advenir en una experiencia analítica llevada hasta los confines de lo simbólico donde el arco iris del goce ya no es la última palabra. ¿Y cuál sería la definición mínima de ese analista?

La de un sujeto que, habiendo captado su goce irreductible fuera de sentido[18], puede entonces hacer uso de los meteoros del goce sin creer en ellos.

Pero además, sería la definición de un sujeto que ha podido liberar un espacio de su propio goce a partir del cual le sea posible alojar el goce que, en otro, es causa del deseo.[19]

Dicho en otros términos: no es con su sinthome, con el goce opaco e irreductible de su sinthome, que el analista operará en su acto, sino con el deseo del psicoanalista. Deseo surgido de dicho goce y por ello “impuro” –es decir, que conserva vestigios de ese goce, lo cual le da su estilo-, pero también, a distancia de él.

Así, entiendo que el analista de la clínica del sinthome –que es la de nuestros días, la del orden simbólico del siglo XXI- sería aquél que habiendo descubierto que la belleza del arco iris no es real no por ello permanece en la nostalgia por el saber vano surgido del acto de caridad freudiano, ese saber vano que irremediablemente se escabulle al atisbar el agujero traumático de la no relación sexual, el agujero en cuyos confines, su goce se alojaba.

NOTAS

* Versión reducida y ligeramente modificada de la intervención efectuada en el IXº Congreso de la Escuela Brasilera de Psicoanálisis (EBP), realizado en la ciudad de Tiradentes, Brasil, el 29 de abril de 2011, bajo el título “Los límites de lo simbólico”.

  1. Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 20, Aún, Paidós, Barcelona, 1981, pág. 116.
  2. Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Argentina, 1987, pág 17.
  3. Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 3, Las psicosis, Paidós, Argentina, 1984, pág. 452.
  4. Miller, Jacques-Alain, Donc, La lógica de la cura, Paidós, Argentina, 2011, pág. 307.
  5. Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 20, Aún, Paidós, Barcelona, 1981, pág. 83.
  6. Miller, Jacques-Alain, “El analista y los semblantes”, Conferencia pronunciada en Bs. As. El 23 de diciembre de 1991, publicada en De mujeres y semblantes, Cuadernos del Pasador 1, Argentina, 1993.
  7. Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 20, Aún, Paidós, Barcelona, 1981, pág. 112.
  8. Ibídem.
  9. Lacan, Jacques, “La tercera”, en Actas de la Escuela Freudiana de París, VII Congreso Roma 1974, Ediciones Petrel, Barcelona, 1980, pág. 172. Itálicas mías.
  10. Ibídem, pág. 103.
  11. Lacan, Jacques, Psicoanálisis, Radiofonía & Televisión, Anagrama, Barcelona, 1996, pág. 108.
  12. Es un modo aproximado de designar lo que en realidad sería el borde real del objeto a en el agujero central del nudo Borromeo delimitado por el cruce de los tres registros.
  13. Lacan, Jacques, “La tercera”, Intervenciones y Textos 2, Manantial, Argentina, 1988, págs. 89/90.
  14. Ibídem.
  15. Miller, Jacques-Alain, Cosas de finura, Lección XII, (18 de marzo de 2009)
  16. El vocablo “fin” en su sentido antiguo funciona como adjetivo indicando algo “extremo, completo, absoluto”. Cf. Rey, Alain et Sophie Chantreau, Dictionnaire des Expressions et locutions, Collection “les usuels”, Le Robert, París, 1993. (El acento que queremos dar no es el de completud sino el de indicar un absoluto para el sujeto, es decir lo que escapa al relativismo del significante en tanto es índice de una substancia gozante ubicada por fuera de los equívocos significantes).
  17. Op. cit., Paidós, Barcelona, 1981, pág. 114.
  18. Miller, Jacques-Alain, “Cosas de finura en psicoanálisis”, Curso de la Orientación lacaniana del 10 de diciembre de 2008.
  19. Miller, Jacques-Alain, Intervención en las Jornadas de la ECF del 12 de octubre de 2008, en la página web de la ECF.